Durante estos últimos meses estoy trabajando con bastante intensidad en un nuevo proyecto profesional. Me está obligando a pensar, probar, descartar, volver atrás, cambiar cosas que daba por buenas y aprender otras que ni siquiera tenía previsto aprender.
Y, curiosamente, me está dando muchas más alegrías de las habituales.
Una de ellas ha sido descubrir algo que, sin saberlo, llevo utilizando toda mi vida personal y profesional: el índice de mortificación.
El nombre surgió casi como una broma mientras analizaba algunas de las tareas que realizo habitualmente.
Estaba intentando identificar cuáles me ocupaban tiempo, cuáles podía automatizar, cuáles podía delegar y, especialmente, cuáles no tenía demasiado sentido que siguiera haciendo yo.
Entonces apareció la palabra.
—Esta tarea me mortifica.
En Canarias utilizamos mucho mortificar, sin necesidad de que la situación alcance dimensiones dramáticas. Algo te mortifica cuando te fastidia, te incomoda, te da una pereza considerable o, simplemente, preferirías hacer prácticamente cualquier otra cosa antes que enfrentarte a ello.
No significa necesariamente que sea difícil. Ese es precisamente el asunto.
Hay tareas que pueden llevarme quince minutos y que consigo posponer durante dos días. Mientras tanto, soy perfectamente capaz de pasar varias horas trabajando en algo mucho más complejo sin tener ninguna sensación de esfuerzo.
La diferencia no está en el tiempo, está en el grado de mortificación que me provoca.
A partir de ahí, empecé a profundizar en el concepto y en cómo podía incorporarlo a mi metodología de trabajo con las empresas:
¿Qué tareas me cuesta empezar? ¿Cuáles voy dejando sistemáticamente para después?
¿Cuáles me generan rechazo nada más verlas en la agenda? ¿En cuáles necesito hacer un pequeño ejercicio de negociación conmigo mismo antes de comenzar?
¿Y qué parte de todo eso tiene realmente sentido que siga haciendo yo?
Y... me di cuenta de que el índice de mortificación no era tan nuevo como parecía.
En realidad, llevaba muchos años trabajando con esa lógica en las organizaciones, aunque nunca la había llamado así.
Trabajando con equipos y responsables, gran parte de mi forma de intervenir consiste precisamente en hacer preguntas. Preguntas que obliguen a revisar hábitos, procedimientos, inercias y tareas que se mantienen simplemente porque nadie se ha detenido a cuestionarlas.
¿Qué estamos haciendo que ya no aporta valor? ¿Qué seguimos haciendo porque siempre se ha hecho así?
¿Qué tareas generan una resistencia constante? ¿Cuáles estamos retrasando una y otra vez?
¿Qué parte del trabajo podría simplificarse? ¿Qué podría automatizarse?
¿Qué podría asumir otra persona? ¿Qué estamos haciendo nosotros que realmente no necesita que lo hagamos nosotros?
Al unir todas esas preguntas bajo una misma idea, me di cuenta de que podía hablar de una especie de índice de mortificación.
No como una fórmula matemática exacta, sino como una manera de prestar atención a algo que muchas veces ignoramos: la cantidad de energía, rechazo o resistencia que determinadas tareas generan en nosotros y en nuestros equipos.
Yo entiendo el liderazgo desde las preguntas. Antes de decidir, conviene entender qué está pasando. Antes de cambiar algo, necesitamos identificar qué está generando el problema. Y antes de asumir que una persona está desmotivada, es poco productiva o procrastina, conviene preguntarse qué parte de su trabajo la está mortificando y por qué.
No se trata de eliminar de nuestra vida todo aquello que no nos apetezca hacer. Sería un planteamiento bastante infantil. En cualquier trabajo existen obligaciones poco estimulantes que, simplemente, hay que asumir.
Tenemos que poner el foco en detectar cuándo esa mortificación nos está diciendo algo.
Puede estar señalando un procedimiento absurdo, una tarea mal asignada, una duplicidad, una burocracia innecesaria o, simplemente, una actividad que podría hacerse de otra manera.
También puede ocurrir algo más interesante.
La misma tarea que a una persona le resulta insoportable puede ser perfectamente asumible para otra. No todas las personas tenemos la misma mochila, las mismas capacidades ni la misma relación con determinados tipos de trabajo.
Eso también debería hacernos pensar antes de repartir responsabilidades.
Ahora, desde que empecé a utilizar esta expresión, miro algunas tareas de otra forma. Ya no me pregunto solamente cuánto tiempo me están quitando.
Me hago otra pregunta:
¿Cuánto me están mortificando?
Y después viene la realmente importante:
¿Qué voy a hacer con esa respuesta?
Puede parecer una tontería, pero no lo es. A mí me está ayudando a mirar desde otra óptica una parte importante de mi forma de trabajar.
Y tengo la sensación de que, si algunos responsables preguntaran a sus equipos qué cosas les mortifican cada semana, seguramente descubrirían bastante más sobre su organización de lo que aparece en muchos cuadros de mando.
Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.
Formador y consultor especializado en el desarrollo del Liderazgo y Trabajo en Equipo. Casi 40 años de trayectoria acompañando a personas y organizaciones en procesos de cambio profundo y sostenible. He fundado y liderado más de 30 proyectos en ámbitos empresariales, sociales y deportivos, y he acompañado a más de 500 iniciativas como mentor, consultor y formador, siempre con el propósito de generar impacto real y cambios transformadores.
Autor de seis libros sobre Liderazgo y Trabajo en Equipo y comunicador con más de 20 años de trayectoria en radio.