El mundo se detiene: el fútbol como religión global

Cada cuatro años, el Mundial no es solo un torneo deportivo. Es un espejo en el que la humanidad observa sus grandezas, sus miserias y sus sueños más compartidos.

Opinión

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Hay pocos fenómenos capaces de paralizar al mismo tiempo a miles de millones de personas, y el Mundial de Fútbol es uno de ellos. Durante un mes el planeta entero gira alrededor de un balón, con las diferencias aparentemente disueltas y con alguien en algún bar, en alguna pantalla o en algún patio de Lagos, Buenos Aires, Tokio o Madrid siguiendo el mismo partido que tú, lo que en un mundo fracturado y ruidoso equivale a casi un milagro.

 

El fútbol ha conseguido crear un lenguaje común sin necesidad de traducción, algo que ninguna institución política ni religiosa ha logrado del todo. Un gol se celebra igual en cualquier idioma y la tristeza de un jugador derrotado resulta comprensible en cualquier cultura, lo que convierte al Mundial en algo que trasciende ampliamente el deporte porque es, en su esencia, un ritual colectivo de la civilización contemporánea.

 

Reducir el Mundial a sus resultados sería un error de perspectiva, ya que claro que importa quién levanta el trofeo, pero lo que permanece no son solo los nombres en las crónicas sino también las historias de la selección sin presupuesto que deja en el camino a potencias con legado de décadas, del jugador que regresa de una lesión imposible para marcar el gol definitivo o del portero que se convierte en héroe nacional en una noche, todo lo cual confirma que el Mundial fabrica mitología en tiempo real y que eso es un don que pocas competiciones pueden presumir de tener.

 

También, inevitablemente, la competición expone las contradicciones del deporte de élite, con los intereses económicos, las sedes que generan controversia y las decisiones arbitrales que se analizan durante días, porque el fútbol no es inocente y el Mundial, su escaparate más grande, tampoco lo es, aunque incluso esa tensión entre lo que es y lo que podría ser forma parte de su poder de fascinación, ya que no le pedimos perfección sino emoción, y rara vez nos defrauda.

 

Cuando el último pitido suena y la fiesta se dispersa algo permanece, porque un país que organizó el torneo ve sus ciudades transformadas y su autoestima redibujada, una generación de niños descubre un ídolo y decide patear un balón en un parque, y un aficionado de mediana edad recuerda dónde estaba cuando aquello pasó con una memoria que se vuelve parte de su identidad, de modo que el Mundial no termina cuando termina sino que se instala en la memoria colectiva y sigue operando, silencioso, durante los cuatro años que dura la espera del siguiente.

 

Por eso, más allá del espectáculo y del negocio que lo rodea, merece la pena defender lo que el fútbol mundial representa en su mejor versión, que es la prueba de que hay cosas que todavía nos unen y que todavía nos hacen vibrar juntos, algo que en un tiempo en que todo parece empujarnos hacia la división no es poca cosa.

 

Rafael Aguirre

Redactor y columnista del siglo XXI.