Hace apenas una década, el debate sobre movilidad urbana giraba en torno a ampliar carriles, construir más aparcamientos y alargar líneas de metro. Hoy ese mismo debate ha cambiado de protagonistas y de urgencias. Las ciudades se han llenado de patinetes eléctricos, bicicletas compartidas, guaguas de hidrógeno y coches que se enchufan a la pared como si fueran teléfonos móviles. La pregunta ya no es solo cómo nos movemos, sino con qué energía, con qué impacto y bajo qué modelo de propiedad lo hacemos.
La irrupción de los vehículos de movilidad personal ha convertido las aceras y los carriles bici en un improvisado laboratorio de convivencia. Peatones, ciclistas y conductores de patinetes compiten por un espacio que nadie diseñó pensando en todos ellos a la vez. Las normativas han llegado tarde y a trompicones, y muchos municipios siguen sin resolver algo tan básico como dónde aparcar estos dispositivos sin que el caos se apodere de las entradas de los comercios o los pasos de cebra. Sería injusto, con todo, quedarse solo con el desorden. La micromovilidad ha demostrado que hay millones de desplazamientos cortos que no necesitan ni un motor de combustión ni una plaza de garaje.
En el otro extremo del espectro se sitúa el coche eléctrico, que lleva años prometiendo una revolución y que por fin empieza a cumplirla, aunque con matices importantes. Los fabricantes han logrado autonomías razonables y los precios han bajado lo suficiente como para que ya no sean un artículo de lujo exclusivo. Sin embargo, la electrificación del parque automovilístico no resuelve por sí sola el problema de las ciudades saturadas. Un coche eléctrico en un atasco sigue siendo un coche en un atasco. El reto real no es solo cambiar el combustible, sino repensar el espacio público que ocupan los vehículos privados y apostar de verdad por el transporte colectivo como columna vertebral de la movilidad urbana. Sin esa visión de conjunto, el coche eléctrico es una solución parcial vendida como definitiva.
Lo más relevante de este momento no son los vehículos en sí, sino el cambio de mentalidad que los acompaña. Cada vez más personas, especialmente en las generaciones más jóvenes, entienden la movilidad como un servicio y no como una posesión. No importa tanto tener un coche como llegar a tiempo, de forma cómoda y con la menor huella posible. Las aplicaciones de multimodalidad, esas que combinan en un solo viaje la guagua, el patinete y tranvía, son el síntoma más visible de ese cambio. La movilidad del hoy es híbrida, conectada y, cada vez más, consciente. El desafío para las ciudades y para los gobiernos es que la infraestructura, la regulación y la inversión pública estén a la altura de una transformación que ya no espera.
Redactor y columnista del siglo XXI.
Redactor y columnista del siglo XXI.