Hubo un tiempo en que la mentira necesitaba piernas para caminar. Viajaba despacio, encontraba obstáculos, se desgastaba en el camino. Hoy, en cambio, la desinformación tiene alas. Un bulo puede atravesar medio planeta en minutos, acumular miles de interacciones antes de que alguien lo haya cuestionado siquiera una vez, y quedar grabado en la memoria colectiva con una tenacidad que ninguna desmentida posterior logra borrar del todo. Que el daño ya esté hecho cuando llega la verdad no es una paradoja accidental sino, lamentablemente, la mecánica exacta del problema.
Vivimos en una época de saturación informativa. Nunca antes la humanidad había tenido acceso a tantos datos, fuentes y perspectivas. Y, sin embargo, nunca antes había sido tan difícil distinguir lo verdadero de lo falso. Esta es la gran ironía de la era digital. La misma infraestructura que democratizó el conocimiento ha creado las condiciones perfectas para que la falsedad prolifere sin apenas fricción.
«La desinformación prospera donde las certezas tambalean y las instituciones han perdido su crédito prestado.»
El negocio de la duda
No toda desinformación nace de la ignorancia o la mala fe individual. Hay industrias enteras construidas alrededor de la fabricación deliberada de incertidumbre. Sembrando dudas sobre el consenso científico, sobre los resultados electorales o sobre la fiabilidad de las instituciones, ciertos actores (políticos, económicos, a veces estatales) obtienen réditos concretos. La desinformación, en estos casos, no busca que la gente crea una mentira específica, sino algo más ambicioso y más corrosivo: que deje de creer en cualquier cosa. Un ciudadano que no sabe qué es verdad es un ciudadano paralizado, y un ciudadano paralizado es extraordinariamente fácil de manipular.
Las plataformas digitales, durante demasiado tiempo, han actuado como cómplices involuntarias (o no tan involuntarias) de este proceso. Sus algoritmos no fueron diseñados para maximizar la verdad, sino el tiempo de pantalla. Y resulta que la indignación, el miedo y la controversia generan más clics que cualquier hecho verificado. El resultado es un ecosistema en el que la información falsa tiene ventaja estructural sobre la verdadera, pues es más emocional, más sencilla y más confirmatoria de lo que ya creemos.
La responsabilidad que nos incomoda
Sería cómodo cargar toda la culpa sobre las plataformas o los productores de bulos. Pero hay una responsabilidad que con frecuencia esquivamos, que es la nuestra. La desinformación no se propaga sola. La compartimos nosotros, con un gesto rápido, sin detenernos a verificar, muchas veces porque el contenido nos resulta satisfactorio y no porque nos parezca cierto. Hemos normalizado el descuido congnitivo. Exigimos rigor a los medios y a los políticos, pero nos concedemos a nosotros mismos una tolerancia que rara vez justificamos.
La alfabetización mediática no es una asignatura optativa en un currículo escolar, sino una competencia cívica tan urgente como el derecho a voto. Aprender a dudar con método, a rastrear fuentes, a soportar la incertidumbre sin caer en el escepticismo total son habilidades que ninguna aplicación puede sustituir.
Verdad como proyecto colectivo
Combatir la desinformación requiere algo más que herramientas técnicas o regulación, aunque ambas son necesarias. Requiere reconstruir la confianza en las instituciones que históricamente han operado como árbitros del conocimiento compartido, a saber, la ciencia, el periodismo y la educación pública. No se trata de imponer una verdad oficial, sino de restituir los procedimientos colectivos mediante los cuales las sociedades distinguen lo que es de lo que parece. En un mundo que ha aprendido a desconfiar de todo, el verdadero acto de resistencia no es la credulidad ingenua, sino la verificación paciente. La verdad no pide fe ciega; pide tiempo, método y voluntad. Tres cosas que, de momento, seguimos eligiendo no tener.
Redactor y columnista del siglo XXI.
Redactor y columnista del siglo XXI.