Hace casi un siglo, muchos hombres compraban una sola acción del Banco Hispano Americano para poder presentarse como accionistas. Al mismo tiempo, mujeres de muy distinta condición invertían allí sus ahorros y acudían a sus juntas. Susana Martínez Rodríguez, catedrática de Historia Económica de la Universidad de Murcia, lleva años documentando ese contraste para desmontar la idea de que ellas fueron simples espectadoras de la historia financiera española. «Las mujeres siempre han estado ahí», defendió en la edición 396 de Cosmópolis, el programa de divulgación cultural y científica que dirigen Héber Martín y Cristina Corsali en Radio Islas – Radio Las Palmas.
Su interés por las mujeres olvidadas de la economía nace en Rateira, la aldea gallega de sus padres, donde hoy quedan entre 15 y 18 vecinos y donde, recuerda, «las mujeres todas eran fuertes porque los maridos estaban emigrados». Doctora por la Universidad de Santiago de Compostela, conoció la precariedad como profesora asociada en la Autónoma de Barcelona, con un sueldo que no cubría los 610 euros de su estudio. Ha sido investigadora visitante en Yale entre 2007 y 2018 y becaria de la Harvard Business School en 2019.
«Tener una acción no era moco de pavo»
Con Laura López estudió a los accionistas del Banco Hispano Americano en los años veinte y principios de los treinta, una etapa que describe como «años de gloriosa libertad para las mujeres, sobre todo en los ámbitos urbanos». Entre ellos aparecían pequeñas inversoras con diez o quince acciones, cada una de las cuales podía cotizar a 1.000 o 2.000 pesetas. Para la catedrática era «un ahorro muy considerable», que además presuponía saber leer, escribir y manejar un producto financiero. En el otro extremo abundaban los varones con un único título, lo que ella llama «capital simbólico».
Aquellas accionistas tampoco se limitaban a figurar en el registro. Los listados de asistencia a las juntas anuales se elaboraban por orden de llegada, y en ellos aparecen mujeres que acudían solas, con sus hermanas o junto al resto de la familia para escuchar «cómo iba el banco».
El dato más llamativo procede de una investigación todavía abierta sobre el Banco de España, financiada por la Fundación Séneca de la Región de Murcia. El equipo se centra en quienes poseían más de 50 acciones, el umbral que daba derecho a votar en la junta. Según los primeros resultados, las mujeres superan el 30 % de ese grupo, «una cifra absolutamente desconocida» en palabras de Martínez Rodríguez.
Que no se supiera tiene, a su juicio, dos explicaciones. Una está en los archivos, donde algunos custodios despreciaron los documentos de mujeres por considerarlos de menor envergadura. La otra es la falta de medios. Frente a quienes piden mirar las fuentes «con otros ojos», ella se declara «muy pragmática» y reclama «proyectos bien dotados».
Más libres que las británicas
Martínez Rodríguez coedita con Yolanda Blasco, de la Universidad de Barcelona, Women's Saving and Investment Practices in Spain, un libro colectivo que Springer tiene en prensa. Una de sus tesis centrales, que la catedrática atribuye a Blasco, sostiene que la legislación española concedió a las mujeres espacios de libertad que el modelo anglosajón les negaba.
Para hacerlo comprensible a los oyentes recurrió a la comparación. En Gran Bretaña, según expuso, las mujeres no heredaban patrimonio inmueble hasta finales del siglo XIX y perdían el apellido al casarse. En Castilla, en cambio, la herencia se repartía entre hijos e hijas desde las Leyes de Toro, y «la española conserva su apellido de la cuna hasta el final», lo que permite seguir el patrimonio de una mujer durante toda su vida al margen de su estado civil. Recordó también que en Estados Unidos una mujer perdía su historial de crédito al casarse hasta los años setenta, hace apenas medio siglo.
Aquella autonomía chocaba con la licencia marital, a la que quedaba sometida la mujer casada. Sin embargo, al enviudar le correspondía la mitad de lo generado durante el matrimonio, lo que la colocaba en «una posición exquisita» para continuar el negocio familiar. «Por eso tenemos tantas viudas», resume la catedrática en alusión a los rótulos de tantas empresas antiguas.
Junto a Carmen Hernández analizó unas 1.400 sociedades mercantiles de finales del XIX y principios del XX, de las que entre un 10 y un 15 % contaban al menos con una mujer. Las clasificaron en tres perfiles. Las «piedra» eran fundadoras con mando real en la empresa, las «puente» sostenían el negocio hasta que los hijos alcanzaban la edad adulta y las «espejo» tenían una presencia nominal, una etiqueta que considera más benévola que hablar de mujeres de paja. Advierte, eso sí, de que igual que existieron ellas «también hay hombres de paja».
La licencia marital ayuda a entender también el nacimiento de Diana, la revista que el Banco de Bilbao lanzó en 1969 bajo la dirección de la periodista Núria Munarriz. La entidad se fijó en Francia, donde desde 1965 las mujeres podían tener cuenta corriente, y buscó a las jóvenes urbanas con empleo con una publicación que combinaba moda, cocina y bricolaje con contenidos financieros. Según la investigadora, fue la primera revista que se dirigió al público femenino desde las finanzas. Ella misma compró la colección completa y la leyó entera durante el confinamiento.
«Una igualdad en papel»
Para la catedrática, ese pasado ayuda a entender sesgos que siguen vigentes. «A las mujeres se nos anima a ahorrar mejor, pero a los hombres se les anima a invertir con más acierto», sostiene. De ello se ocupa el proyecto que dirige dentro de EUniWell Champion, una convocatoria competitiva de la red europea de universidades públicas a la que pertenece la Universidad de Murcia. Cree que tener cuentas, tarjetas o fondos de pensiones no garantiza la autonomía financiera si dentro de la familia se sigue delegando en el hombre la decisión de invertir.
Esa inercia genera lo que denomina una «desventaja acumulativa», hecha de interrupciones laborales por cuidados, trabajo a tiempo parcial y menor inversión. Su reflejo más visible está en la pensión media de las mujeres mayores de 75 años, más de un 30 % inferior a la de los hombres según el dato que aportó. «Esto no aparece en el momento de jubilarse. Esto se va construyendo décadas tras décadas», advierte. Mencionó además un trabajo del Banco de España firmado por la economista Laura Hospido, según el cual las mujeres recurren mucho más que los hombres a la respuesta «no sé» en las encuestas financieras.
Héber Martín y Cristina Corsali plantearon las críticas de quienes tachan estos estudios de «chiringuitos» y dan la igualdad por alcanzada. Martínez Rodríguez, que forma parte de una acción COST europea sobre políticas antigénero, considera que se rebaten «con datos» y recordó que el Global Gender Gap Report sitúa la paridad, al ritmo actual, a más de cien años vista. Admite que se ha logrado «una igualdad en papel», aunque la desigualdad persiste en las esferas más altas del poder económico y político. En su opinión, los discursos que idealizan al ama de casa tradicional persiguen que los cuidados vuelvan a ser gratuitos y exclusivamente femeninos, y con ello «se desperdicia talento».
Por eso defiende que la universidad «tiene que estar más en la calle» y contar estas historias. A quien se pregunte qué le importa hoy que una mujer tuviera acciones hace un siglo, le propone pensar en su hija, que quizá cuando vaya a invertir «tiene miedo porque cree que nadie lo ha hecho antes que ella y le falta confianza».