ARTÍCULO DE AUTOR | Vicente Sergio Cruz Medina
Las Palmas de Gran Canaria
Mi antigua radio de baquelita era una caja acústica rígida, pesada y brillante de esquinas redondeadas y forma aerodinámica. Carcasa negra fabricada con el primer plástico sintético de la historia. Esa primitiva radio no era un simple receptor; en esencia, fue la caja sonora de mi adolescencia, el refugio desde el cual brotaba la alegría de los viejos tiempos y que hoy en día despierta en mí una nostalgia tan lejana como entrañable. Mi pensamiento se detiene en su frontal, donde una ventana rectangular escondía el altavoz tras un lienzo de tela vintage de color beige texturizada que recreaba el efecto visual de una rejilla de mimbre tradicional, uniendo funcionalidad acústica y diseño. Al evocar aquella vieja radio, una oleada de nostalgia entrañable y lejana inunda mi mente.
El frontal en su parte inferior poseía de lado a lado una franja de baquelita, sobre la que estaban situados los mandos del receptor. Era una botonera de perillas redondas giratorias de marfil blanco con algunos detalles dorados: la perilla que estaba situada a la derecha ofrecía tres funciones, encender el aparato y las luces del panel frontal de cristal, así como también regular el volumen; mientras que la central tenía una única función, cual era activar un sistema interno de poleas y cables de hilos para deslizar a través del cristal delantero la aguja del dial (la prodigiosa guía que viaja por la geografía nocturna del mundo); y finalmente la de la izquierda, un conmutador rotativo cuya misión era cambiar la Onda Media estándar (Amplitud Modulada) de señal clara y estable, por la Onda Corta (SW/Shortwave) de difusión ruidosa. La radio de baquelita también contaba con un panel de cristal que lucía un mapamundi serigrafiado; situado justo delante la aguja indicadora, y funcionaba como guía para sintonizar las diferentes emisoras internacionales.
El mapamundi mostraba las principales ciudades del planeta, como: Londres, Madrid, Moscú, París, Barcelona, Nueva York, Berlín, Ámsterdam, Roma o Lisboa, mientras que sobre el propio cristal aparecían impresas las escalas de la Onda Media y Corta.
El aparato era de válvulas de vidrio incandescentes o tubos de vacío e iba enchufado a la corriente eléctrica. Época en la que aún no funcionaba la Frecuencia Modulada (FM). Señal que proporcionaría, más adelante, una calidad de sonido estereofónico mucho más resistente al ruido y la estática que la radio AM.
Al amanecer, a través de la banda AM/MW, las viejas frecuencias cobraban vida con esas voces locales radiofónicas tan familiares que rompían el silencio del alba. Era el eco matutino de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria que lentamente comenzaba a despertar, sonido radiofónico que abrazaba nuestros corazones en la penumbra del hogar. Mientras el resto del mundo aún dormía, la ciudad grancanaria despertaba al ritmo de los boletines informativos nacionales y locales; por la tarde, el drama contenido de las radionovelas con actores y actrices que nos hacían contener el aliento; los discos dedicados por la noche; así como el eco de aquellas voces cálidas de locutoras y locutores cercanos que nos acompañaban en nuestras casas hasta la madrugada, entrelazando palabras amables y melodías eternas para que nadie se sintiera solo en medio de la oscuridad.
Eran las voces y sonidos del pasado que el mundo actual parece haber olvidado, hoy al recordarlas despiertan en mi una profunda nostalgia, basta con pensarlo para volver a escuchar las risas compartidas de un tiempo que jamás volverá, pero que siempre vivirá eternamente en mi memoria.
La radio era el gran núcleo social de la época
Mientras que sintonizar la SW sin salir de mi habitación, era lo más parecido a viajar en el espacio y el tiempo rumbo a lo desconocido. Esta banda de Onda Corta se podía sintonizar solo de noche porque era cuando realmente se podía oír, de día solo se escuchaban pitidos electrónicos intermitentes [2], voces distorsionadas, interferencias magnéticas, ruidos extraños, algunos lejanos códigos en morse, y algunas retransmisiones entre barcos que estaban atracados en el Puerto de La Luz y de Las Palmas.
Para mí, la radio no era un objeto; era una caja mágica, secreta y ardiente suspendida en el tiempo. Al llegar el anochecer, por la Onda Corta comenzaba a escuchar las diferentes emisoras radiofónicas en inglés, ruso, francés italiano o portugués, y otros idiomas desconocidos para mis oídos. Emisoras de radios extranjeras que cruzaban durante la noche el Océano Atlántico de lado a lado [3].
Para mí es un placer revivir aquellas noches de desvelo, esperando a oscuras por mi programa favorito, para escuchar a través de la Onda Corta, la “BBC de Londres” (la lista de éxitos: ‘Pick of the Pops’), “La Voz de América (VOA)”, Estados Unidos de América (noticias, con abundante información), emisoras que junto con la “Deutsche Welle” (Alemania Occidental), emitían casi al unísono para América Latina. Mientras la estadounidense, la londinense y la alemana lo hacían también para España en horarios diferentes. Aquellas tres estaciones de radio fueron para mí el puente perfecto para poder sintonizar el mundo en medio del Océano Atlántico desde el aislamiento nocturno de mi habitación. Asimismo, ese dial estaba repleto de otras emisoras internacionales muy potentes que transmitían diariamente programas completos en español dirigidos tanto a España como a Hispanoamérica.
La radio es la voz que rompe la soledad sin exigir nada a cambio
En aquella época encender la radio de baquelita en el silencio de la noche era todo un ritual, pues la radio tardaba unos segundos en calentarse, necesitaba tomar aliento antes de comenzar a viajar. Cuando giraba la perilla de la onda corta, la estática comenzaba a rugir como si fuera un mar tormentoso, hasta que de pronto, el oleaje electromagnético se calmaba. Desde miles de kilómetros de distancia, el eco metálico del Big Ben cruzaba el océano en forma de ondas de radio, y a través de un hilo invisible una voz británica, nítida y flemática decía: “Esta es la BBC de Londres, transmitiendo para América Latina”. En ese instante, las paredes de mi habitación desaparecían y el mundo entero entraba dentro de mí, desafiando la geografía con un sonido cargado de mística y estática transatlántica; aquello me producía una inmensa satisfacción. Mientras Londres se sumergía en la medianoche, en América apenas comenzaba a caer la tarde (el sol comenzaba a ocultarse).
En la posguerra la radio era una ventana a la imaginación y un soplo a la libertad. Aquella caja sintética y misteriosa de baquelita no solo atrapaba frecuencias; una vez conseguíamos entrar en su interior nos adueñábamos del mundo y de todas las noticias.
Mi radio de baquelita (tecnología de válvulas o tubos de vacío) era de la marca Zenith de la compañía: Zenith Radio Corporation, fundada en Chicago, Illinois, de nacionalidad estadounidense y fabricada en el año 1955, marca famosa en la época por su durabilidad y diseños innovadores. Esta radio fue comprada en Caracas, Venezuela, por la suegra de mi tío Manolo (hermano menor de mi padre). Ellos habían emigrado a Venezuela a principios de los años cincuenta y a comienzos de los sesenta volvieron a Gran Canaria para ver a la familia y conocer a los nuevos miembros de esta, así como para ojear el ambiente y realizar una posible vuelta a la isla; travesía que hicieron en barco. Sucedió que durante el trayecto la radio sufrió una caída que afectó a la baquelita, por lo demás funcionaba perfectamente; pero cuando regresaron a Venezuela, Eloísa, la suegra de mi tío no quiso llevársela y me la regaló a mí.
Mi aparato de radio no solo era elegante, pese a la pequeña rotura, sino que llenaba mi habitación con un sonido cálido y envolvente. Me sentía un privilegiado por poseer mi propia radio, un objeto que disfruté durante bastantes años, hasta que las válvulas se estropearon y no encontré repuestos en el mercado canario. Esa radio me convirtió en el centro de la información familiar, tanto de noticias locales como deportivas.
Además de eso, estaba mi gran pasión por la música. Gracias a ese aparato me mantenía al día a través de la BBC de Londres (sesiones nocturnas) de las novedades de canciones que iban saliendo del grupo británico The Beatles. Recuerdo que la primera del grupo en popularizarse fue “She Loves You”, bueno fue la primera que escuché, una canción que de inmediato triunfó. Desde el primer instante, esa canción me convirtió en un fan acérrimo del grupo de Liverpool.
Con anterioridad a The Beatles, escuchaba temas de Cliff Richard y de The Shadows, así como también canciones de Tom Jones, que igualmente comenzaba a triunfar por esa época. De igual manera ya me había enganchado a la Música Pop gracias a Paul Anka y sus famosísimos temas: “Adán y Eva”, “Diana” y Put Your Head on My Shoulder”, entre otras.
A partir de ahí, y ya en la actualidad, la radio ese pequeño aparato, es mi compañera más fiel, es el primer susurro que oigo desde que me levanto hasta que me acuesto; siempre la he mantenido en mi rutina diaria; aunque su forma haya evolucionado, la esencia sigue siendo la misma. Por las noches, en la penumbra de mi salón, si me desvelo, su sintonía me llena los silencios, es un refugio natural que me agrada y entretiene.
Mientras me muevo por casa, de un lado para otro, la radio (transistor) generalmente la llevo conmigo, porque los acordes de sus voces y música siempre me acompañan. Su influencia consigue mantenerme la mente activa, razón por la que mi vida cotidiana es mucho más llevadera y entretenida.
La radio, la compañera fiel que transforma el silencio en música, las distancias en abrazos y la soledad en una cálida conversación que siempre nos acompaña.
Nuestra radio familiar
La radio fue por un largo periodo el punto de encuentro de mi familia y la vecindad… el corazón de nuestra casa, y en la actualidad, la recuerdo como la nostalgia viva de los viejos tiempos.
Este aparato familiar de radio lo sintonizábamos en la sala de nuestra casa, era una radio de mayor tamaño que la que de baquelita, y se diferenciaba de la misma porque llevaba un ojo (‘ojo mágico’), en el centro de la tela de rejilla [4], cuya misión era la de ser el indicador visual de una sintonía más precisa (placa deflectora que cerraba o abría un haz de luz verde según la potencia de cercanía de la emisora), dos mandos o perillas laterales y un teclado en el centro del dial, tipo piano; el mando de la izquierda era la perilla de apagado y encendido, mientras que el de la derecha era el del volumen. Aparato era de la marca Philips, hecho de madera noble natural barnizada, color marrón, de líneas rectas y alargadas con el escudo de la firma; casa Philips, holandesa, que dominó por completo el mercado tecnológico de los años sesenta.
Al encender la caja de madera y girar la perilla de volumen de la radio familiar, en la sala de casa, se escuchaba un sonido parecido a un chasquido mecánico, seguido de un eco profundo y comenzaba el olor a válvulas anaranjadas ardientes, y a su vez un suave silbido antes de que surgiera la voz de locución a través del dial iluminado. Lo hacía con la intención de encontrar el tesoro escondido del universo, y ella me respondía devolviéndome su sintonía, sin esperar a más, de repente brotaba el milagro, puesto que la caja no pedía permiso; entraba en casa y alteraba toda nuestra rutina diaria. Al entrar, nos modificaba el estado de ánimo y asimismo nos imponía las conversaciones, creando un teatro invisible donde las voces se convertían en personas y los efectos de sonido en paisajes enteros.
La Radio, el único medio de comunicación que me enseñó a imaginar con los ojos cerrados y a viajar sin moverme de casa.
Los domingos por la mañana me entretenía escuchando por EAJ 50 Radio Las Palmas, la Lista Pop de éxitos, mientras por la tarde, de modo simultáneo, entraban en la sala de nuestra casa todos los estadios de fútbol de La Liga con sus variados locutores y analistas, anunciando con gran dinamismo el clásico grito de gol; la vibrante pasión dominguera; así como los resultados del día y la quiniela. Época que la U. D. Las Palmas se mantuvo durante muchos años en la élite del fútbol español. A continuación “El Parte” nocturno (el “Diario Hablado”), emitido a las 22 horas desde la Península (21 horas en Canarias), y realizado por R.N.E., emitido de forma obligada por la Cadena SER, así como las demás emisoras de radio; a continuación, los resúmenes de los partidos de fútbol de la “Primera División”, para más adelante, y al olor de la sopa, escuchar melodías interpretadas por grandes orquestas sinfónicas tradicionales. Sonidos agradables de violines que llegaban a través del aire hasta la mesa del comedor cuando comenzábamos a cenar.
El universo en miniatura
Adentrarse en una vivienda familiar a finales de los años 50 o principios de los 60 del siglo pasado, suponía, por lo general, tener que escuchar el sonido de una canción, el murmullo de una radionovela o la entrañable voz de un locutor.
En aquellos tiempos, la radio se erigió como el mueble más sagrado del hogar: fue un hito cultural, un teatro sin paredes y un universo en miniatura que transformó las costumbres diarias. En definitiva, se convirtió en una ventana abierta a la imaginación, que entretenía, despertando escenarios y personajes en nuestra mente.
La radio, un ingenio mágico que, al caer la noche, reunía a las familias en un respetuoso silencio.
De niño, de igual manera y al igual que las demás casas, aquel mueble presidía la sala principal de nuestro hogar y, para poder entenderla, me obligaba a tener que usar la imaginación.
Mi relato
Desde que tuve uso de razón, me acercaba muy despacito a la radio, casi de puntillas, conteniendo el aliento, y sin hacer ruido, pegaba con suavidad la oreja a una de las dos rejillas grises fijadas en los laterales del mueble de madera de la radio y cerraba los ojos un instante para agudizar el oído. Estaba plenamente convencido que, si miraba con suficiente atención a través de las rendijas, vería allí dentro a personas diminutas viviendo, hablando, cantando, bailando y llorando, atrapadas en un laberinto de lámparas de vacío que brillaban en un tono anaranjado y cables candentes que olían a chamuscados [5], pero… nunca las vi, solo las imaginé.
Aunque mis ojos nunca vieron ese universo en miniatura, no obstante, mi imaginación las creó por completo, y eso hizo que a través de la ilusión, esas imágenes cobraran para mí lo que fuera la realidad absoluta.
La radio para un niño de la época era el marco perfecto para imaginar que un universo en miniatura vivía dentro del aparato.
El misterio del ojo mágico
Tengo una anécdota con una de las radios que tuvimos en casa, que mi padre la compró solo por la novedad de tener una radio con un ‘ojo mágico’. Y sucedió lo siguiente: un día en el colegio un niño me regaló un imán tipo herradura, tendría yo unos ocho o nueve años; pues bien, nada más llegar a casa, no se me ocurrió otra cosa que empezar a experimentar con el imán, pasándolo por encima de los diversos objetos metálicos que habían en la casa, hasta que llegué a la radio; voy y lo deslizo por encima del ojo mágico. Al acercarlo, la radio que estaba encendida, noté que las pestañas del ojo se distorsionaban, iban de un lado para otro, y lo volví a hacer un par de veces más, hasta que advertí que definitivamente dejó de funcionar, lo que había sucedido era que el ‘ojo mágico’ accidentalmente se había roto para siempre, ya no marcaba la sintonía de las emisoras; un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y me quedé abatido, porque sabía que cuando mi padre descubriera que el ojo se había estropeado se iba a enfadar muchísimo; y así sucedió.
No me equivoqué. Cuando él se dio cuenta de lo sucedido comenzó a investigarnos, quería saber quién y cómo se había roto el ojo ‘mágico’ de su nueva y atractiva radio. Yo ante el temor de recibir una bronca monumental, decidí ocultar la verdad. Cada uno de mis hermanos, como yo también, negamos haber roto el referido ‘ojo mágico’, y así fue como mi padre jamás pudo encontrar al culpable.
Yo a pesar de haber eludido la regañina de mí padre; a mi conciencia nunca la pude engañar. Pasé varios días enfadado conmigo mismo, profundamente abrumado por la culpa. No dejaba de pensar en mi imprudencia, porque debí usar la mente y razonar ante las posibles consecuencias que pudieran pasar. Aquel descuido se convirtió en una lección silenciosa que me acompañó durante algunos años (pienso que el tiempo que estuvo esa radio en casa).
Al poco, terminé tirando el imán con rabia más allá del muro de piedra misterioso, situado en el entorno de mi casa, aquel que, años más tarde, serviría de soporte para la acera y carretera de un mirador con vistas desde Schamann hacia los muelles del Puerto de La Luz y de Las Palmas.
Hoy, al escribir estas líneas sobre el papel, comparto por primera vez, este misterio casero de mi infancia, que he tenido guardado durante tantísimos años.
Aquel mueble rectangular de madera y lámparas de vacío no solo emitía sonidos; bastaba con encenderla para anunciarnos que el mundo entero estaba a punto de entrar en nuestra sala para regalarnos su acústica y su cercanía humana. Transformó para bien nuestras vidas cotidianas, quedando demostrado que ese cubo estático era, en realidad, una ventana infinita. Convirtiéndose a través de los años en un escenario donde confluyen todas las formas del arte, la información y el entretenimiento.
Con mucho cariño.
▪️ Notas del autor: Las referencias numeradas [1]–[5] corresponden a las llamadas señaladas en el texto.
[1] Conocida igualmente por AM/MW.
[2] La radiación solar y los rayos X inciden sobre la atmósfera ionizando sus gases, impidiendo de esta forma que las ondas reboten hacia el espacio o hacia otras partes del planeta.
[3] La única emisora de radio nocturna que se podía escuchar en Gran Canaria y que hablara exclusivamente en español, que yo recuerde, era RNE (conocida más adelante como: Radio Exterior de España).
[4] Un indicador de sintonía. La unión de las pestañas significaba que el receptor estaba recibiendo la señal con total nitidez.
[5] La inocencia de la infancia.
Espacio de El Diario de las Islas dedicado a artículos de opinión, análisis y reflexión firmados por autores y colaboradores de distintos ámbitos.
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